Es curioso descubrir momentos en la vida en los que confraternizas de una manera desmesurada con objetos (sí, objetos) impensables. Fue el caso de un tubo de papel higiénico recién desvirgado, durante 5 días de fiebre no inferior a 38 grados, en los cuales yací postrado en cama sin cojones para levantarme de ella. Al principio fue un recurso de imperiosa necesidad: los kleenex escaseaban y los refuerzos no llegaban, así que recurrir al papel del culo fue la mejor opción (las cortinas y la ropa eran demasiado ásperas y valiosas respectivamente).
Es curioso como el grado de compenetración va aumentando a medida que el aprecio mutuo se hace más fuerte.
El tubo, como los amigos, tardó en encontrar su sitio en la habitación. Deambulaba por la silla que hacía las veces de mesilla de noche, después por la propia mesilla que no se merecía su nombre... Pero no se sentía cómodo. Hasta que de pronto, algo me hizo girar la cara y reparar en un trozo de tubería prominente, precipitándose sobre la pared: un resto testigo de la antigua existencia de la calefacción. Su forma y disposición pedían a gritos la penetración del tubo de papel higiénico.
Los lazos emocionales dieron entonces un salto a una dimensión más humana. Los dos empezamos a funcionar como un verdadero engranaje en la batalla. Siempre estuvo ahí, en los peores momentos y en los menos malos. Nuestra presencia mutua era reconfortante y con sólo mirarnos sabíamos lo que queríamos el uno del otro.
De repente, te enteras de que aprecias a un tubo de papel del culo. Le has visto envejecer, habéis evolucionado juntos y te ofrece apoyo desinteresado.
Pero cuando llegan los buenos momentos, cuando escuchas un partido de fútbol determinante para tu equipo a través de la radio, envuelto en la oscuridad hospitalaria de tu habitación, con tus pipas que no hacen más que subirte la fiebre... cuando sólo unas voces de cocaínicos e histéricos locutores te hacen sentir arropado... el tubo de papel higiénico sigue ahí, sufriendo y vibrando contigo.
Entonces, la marea de fluidos farmacéuticos que es tu cuerpo empieza a responder y te empiezas a encontrar mejor. Y el tubo te sonríe satisfecho pero con el momento de la despedida amenazando en los bordes dentados de las microperforaciones de sus hojas.
Entonces, cuando ves la victoria en el horizonte de la batalla biológica, piensas que echarás de menos todo aquello.
Entonces, cuando te levantas por primera vez y compruebas que el sentido del equilibrio ha vuelto y que las pruebas nucleares en tu cabeza finalizaron, entonces miras atrás y ves el tubo allí colgado, con menos hojas pero con la misma vitalidad.
Entonces, te das cuenta...
Amas a un tubo de papel del culo.

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