
Ya van tres veces en los últimos dos meses que coincido con el mismo conductor de una de la líneas del bus urbano. Nada más entrar, le miras y ya está sonriendo. No a tí directamente, no es un auxiliar de vuelo japonés. Sonríe al retrovisor, desde donde controla quién se baja del bus. La primera vez piensas que es producto de un buen día, de una anécdota pasajera. Pero después de unas cuantas paradas de persistente sonrisa, te empiezas a oler algo.
Una señora de 60 años largos hace parar el autocar, hace una amago de subir pero lo aborta. El busero le corrige acerca del recorrido de la línea de transporte. Ella da continuidad a la conversación. Los pasajeros nos impacientamos. Y cuando ya creo que que el tío va a cortar por lo sano, le pregunta a la señora por su marido. Rápidamente descubres que no es una pregunta de cortesía, de procedimiento habitual. El marido de la mujer tiene una úlcera. El busero no escatima en cuanto al registro personal de sus palabras, a pesar del escenario. Le interesa, está preocupado y quiere ofrecerle su apoyo. Es el momento apropiado, da igual el contexto.
¡Esto es atención al cliente, ciudadanos! Después de ese lapso de tiempo, que no fue corto, ya digo, el autobús arranca y me bajo dos paradas después con ganas de despedirme hasta el próximo día, darle unas palmaditas rápidas en el brazo seguidas de un apretón firme en el hombro y preguntarle si me puedo abonar a su turno de alguna manera.
Semanas después me toca el mismo hombre, misma línea, misma hora. Le saludo con la mirada y recuerdo lo relatado. Cuando llevamos ya unos minutos recorriendo el entramado de la ciudad, reparo en una madre y su niño de 5, 6 o 7 años. A él no le veo. El respaldo del asiento en el que estaba sentado le tapaba y su madre le daba protección ante una posible pérdida de equilibrio por un lateral. Aún así, no advertí exitación ninguna en el chaval, estaba pasivo. Tan sólo algún vano intento de juguetear con las barras del bus que le rodeaban, con la ventana, con los salientes del asiento de plástico...
Por fin llegaron a su parada. La madre arrancó al niño del asiento, agarrándolo y arrastrándolo fuera del asiento. Entonces vi su cara: medio dormido, medio despierto, con los ojos hundidos en la inconsciencia del madrugón. Era, a buen seguro, una cara que ni el primer salpicón de agua fría en la cara, ni la ducha caliente, ni el desayuno reconfortante ayudó a cambiar. Esta legaña andante a duras penas podía caminar. Trastabilleaba ayudado por su madre. Ella sonreía levemente resiganda, con dulce condescedencia ante lo inevitable. El chaval caminaba en sueños. Yo sonreí acordándome de mi sobrino. Pero teníais que ver la cara del conductor... El espejo retrovisor se vio desbordado por una sonrisa conmovida y un gesto en perfecta calma. Su mirada reflectada siguió al chaval y a su madre. Sonrió más abiertamente ante los problemas del niño a la hora de bajarse del bus. Les vio subir a la acera y no arrancó. Siguió mirándolos, pletórico. Cuando una furgoneta le tapó la visión, entonces sí, arrancó buscando una mejor perspectiva y volvío a frenar, no del todo. Así, durante unos cuantos metros, todo el bus acompañó al ralentí el andar de madre e hijo. Por fin volvió a prestar atencíon a la carretera y aceleró...
...la sonrisa seguía ahí...
No estamos aconstumbrados a esto. Lejos quedan los buses londinenses de cabinas con pared de metacrilato, cabinas ajenas y despreocupadas. La humanidad de la gran ciudad se extingue por las alcantarillas. Recordemos siempre los vestigios de estos reductos de humanidad.

