¡Qué bonito era cuando tenías todo el tablero de juego por descubrir! De repente te dejan sentado en un hábitat desconocido, el culo bien posado, las piernas desparramadas tal y como cayeron, los brazos muertos apoyados en unas sufrientes muñecas sin ánimo de cambiar de postura. Eres cómo una marioneta de hilos flácidos.
Te sentías que pertenecías a algún lugar...
Pasan los años y descubres todo aquello que te habían prometido... y más. Ves que puedes moverte cómodamente por el tablero, que cada avance es mayor que el anterior y que esto va a durar para siempre.
Pero de pronto, el moho. Marionetas mohosas que sobran hasta en su casa. Y a pesar de la evidencia, no se enteran. Poco a poco, el tablero infinito se convierte en jaula. Compruebas que los ciclos se repiten, lo quieras o no... Y que las marionetas esperpénticas siempre vuelven a aparecer para dar sus portazos y para hacerse oír con sus lágrimas de cocodrilo.
Y entonces ya no sientes ese lugar como tuyo... ¿qué nos queda entonces?
Te gusta enjaularte. Te gusta sentirte oprimido y hacer que todo a tu alrededor te ahogue. Porque esa es nuestra tendencia natural.
¿Realmente necesitamos sentirnos apegados a algún tablero hasta que se convierte en jaula?
Pero no te hundes porque ahora eres una marioneta hecha y derecha, que a cada ciclo vas archivando todos los tipos de moho que te has tenido que comer.
Así que... ¡más moho, por favor! ¡Y más jaulas...
...que ya no estoy sólo.
